miércoles, 7 de enero de 2015

Atraso emocional

El otro día leí un artículo de Elvira Lindo en el periódico El País dedicado a una chica de 14 años que se suicidó en 2013 como consecuencia del acoso que sufría en su colegio por parte de sus "compañeros/as" y "amigos/as" de clase.
En primer lugar, si ese acoso llegó hasta el punto de que esta chica decidiera poner fin a su vida, hasta el extremo de que ya no tuviera ganas de vivir alguien que, prácticamente, aún no había empezado a hacerlo, no entiendo cómo nadie fue consciente de lo que ocurría, cómo nadie preguntó, cómo, si alguien se dio cuenta, fue capaz de mirar hacia otro lado, cómo siguieron pensando que era un mísero "juego de niñas" y justificando, de alguna manera, el comportamiento de sus acosadores/as. No señores, algo que afecta a la autoestima, al carácter y a la concepción de uno mismo no se puede considerar un simple "juego".
El problema radica en que la mayoría de los adultos (generalmente padres y algún que otro profesor) se acogen demasiado rápido a las frases "que lo solucionen ellos solos" o "es que si se lo soluciono yo nunca aprenderá", incluso cuando alguien se ahoga hasta no poder más, cuando ha intentado por todos los medios que dejen de amedrentarlo; incluso cuando ha empezado a creer que todo lo que le hacen es lo que se merece y la única salida factible que ve es desaparecer por completo.
Quizás, si se enseñara a los niños desde pequeños que es tan importante (o más) no pegar, no insultar, ofrecer ayuda y preocuparse y respetar a los demás, sean de la condición que sean, como aprender a no salirse al pintar o a sumar y restar con fluidez, esta situación que, desgraciadamente, no es la primera ni creo que sea la última, logre disminuir el número de casos en un futuro. Porque, ¿para qué nos sirve ser un país, un continente, desarrollado en cuanto a riqueza y tecnología se refiere si, a fin de cuentas, estamos atrasados emocionalmente?